PREMIO MIRADA PERSONAL 2020
LUIS OSPINA
El cine iberoamericano no puede entenderse si no se presta especial atención a la figura del cineasta colombiano Luis Ospina (Cali, 14 de junio de 1949). Participó en tantas facetas y lo hizo siempre de forma tan brillante, que reducir su dimensión a la de cineasta, siendo ésta descomunal, nos haría olvidar su destacada trayectoria como crítico, profesor o editor.
Ospina tuvo un acercamiento ciertamente precoz al audiovisual. Su padre se dedicó durante años a filmar escenas familiares en las que el pequeño Luis siempre tenía un papel estelar. Ospina no recordaba a su padre como a alguien especialmente cinéfilo. Era ingeniero y el cine no era sino una pequeña afición con la que pasar el tiempo libre. Pero aquellas proyecciones sí que sirvieron para despertar en el pequeño Luis un interés hacia la imagen en movimiento que, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en cinefilia.
Con apenas 15 años Luis Ospina filmó un pequeño corto en 16 mm, titulado Vía cerrada, pero viniendo de una familia de ingenieros, no se atrevía a decirle a sus padres que deseaba con locura dedicarse al cine. Lo más que acertó a decir es que estudiaría arquitectura, y así lo matricularon en la Universidad del Sur de California. Pero el primer día de clase se cambió de carrera para estudiar cine. Allí estuvo un año, hasta que decidió continuar en la prestigiosa Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) hasta terminar sus estudios.
Ospina estuvo en California entre 1968 y 1972, por lo que es fácil imaginar el vértigo que le acompañó durante aquellos años. Sin embargo, nunca se desconectó de la realidad de su país y, especialmente, de su Cali natal, a la que volvía en cada periodo vacacional. En uno de aquellos viajes apareció con un corto bajo el brazo, Acto de fe (1970), que había rodado en Los Ángeles como primer proyecto en UCLA. El corto, que adaptaba un relato de Jean-Paul Sartre, tuvo cierta repercusión en el mundillo cinéfilo colombiano, convirtiendo a Ospina en un nombre al que tener en cuenta.
Poco después, en el verano de 1971, Ospina se encontró con una Cali altamente politizada, con frecuentes revueltas obreras y estudiantiles, en las que maoístas, socialistas y trotskistas encontraron en la cultura el único espacio en el que olvidaban sus diferencias. El epicentro de aquellos encuentros culturales se llamó Ciudad Solar, un espacio en el que un grupo de jóvenes artistas tomaron las riendas de un proyecto de gestión cultural independiente, con aires de comuna hippie, en el que se creó el Cine Club de Cali, del que Ospina se convertiría en codirector a partir de 1972, junto al crítico y escritor Andrés Caicedo. De allí también salió la revista Ojo al Cine, de la que Ospina fue cofundador y en la que hizo sus pinitos como crítico.
Cali era por aquel entonces un foco de enorme efervescencia creativa, en la que escritores, cineastas y diseñadores compartían excesos y provocaciones, al grito de “El país se derrumba y nosotros de rumba”. Hay quien dijo que no fueron sino una resaca tardía de las nuevas olas del 68, pero conformaron lo que hoy se considera como una de las generaciones más brillantes de la cultura colombiana, el Grupo de Cali. Ospina, volcado a partes iguales en su carrera como cineasta y en su actividad cine clubista, fue uno de los miembros más activos de aquel Grupo, ampliando su ascendencia dentro del mismo cuando se convierte en 1979 en el primer profesor de la Universidad del Valle, el centro
cinematográfico más importante de Colombia.
Ospina había generado una enorme convulsión cinéfila con el cortometraje Agarrando pueblo (1978), un falso documental con el que criticaba la “porno miseria”, el uso mercantilista que hacían algunos cineastas de la miseria en obras que, aparentemente, enarbolaban la bandera de la crítica social. Aquel trabajo le reportó a Ospina sus primeros premios internacionales (Francia,
Alemania Federal, España) y un enorme respeto entre los jóvenes estudiantes de cine de su país: “Mostramos que se podía hacer una película con poco dinero y que reflexionara sobre el cine. Muchas personas, aun de generaciones muy posteriores, me han dicho que lo que les hizo hacer cine fue ver Agarrando pueblo cuando eran jóvenes”.
Poco después, Ospina se atrevió a dar el salto al largometraje con Pura sangre (1982), una lisérgica alegoría sobre la violencia en Colombia que bebía de los clásicos del cine de terror y con el que triunfó en el Festival de Sitges. Ospina se estaba convirtiendo en una pieza deseada por el circuito de festivales internacionales, pero ante la necesidad de participar en la creación de una nueva cultura, no acababa de sentirse cómodo en el terreno de la ficción: “El documental era la herramienta que registraba la realidad, aunque después vine a descubrir que la realidad no existe”.
Convertido ya en un referente internacional, los trabajos cinematográficos de Ospina durante las décadas siguientes se mueven fundamentalmente entre el documental y el videoarte, recibiendo numerosas distinciones en Oberhausen, La Habana, Bilbao, Huesca o Toulouse. En el ámbito local, en 2007 la Universidad del Valle le concede el Grado Honoris Causa en Periodismo y Comunicación Social y el Ministerio de Cultura de Colombia le otorga en 2010 el Premio “Toda una vida dedicada al cine”.
Cuando una grave enfermedad le agarró por sorpresa, Ospina sintió que aún le quedaba una película en la recámara y se embarcó en su última gran aventura, la apabullante Todo comenzó por el fin (2015). Lo que iba a ser una aproximación desmitificadora a aquel Grupo de Cali, se vio cuestionada por la crisis vital del director: “Cuando ya estaba en la clínica decidí incorporar el presente, mi presente, porque yo era el único sobreviviente del grupo. Vi que toda mi obra anterior había sido el material en bruto para hacer esta película. Era el momento de amarrar todo, luego de 45 años de work in progress. Pensé que era la última película que iba a hacer y la hice con esa conciencia. Quizá por eso es tan larga y es el resumen de una vida.”
Luis Ospina falleció en Bogotá en septiembre de 2019. Un año antes había visitado Canarias para formar parte del Jurado del Festival Internacional de cine de Las Palmas de Gran Canaria. A pesar de su grave estado de salud, Ospina demostró una amabilidad sin precedentes en la historia de dicho festival. Extremadamente educado y siempre con la palabra justa, no dejó jamás que su delicado estado de salud se tradujera en reclamos o exigencias, manteniendo siempre un porte señorial y elegante.
“¿Una foto, señor Ospina?” De negro, elegante, discretamente camuflado detrás de sus gafas de sol, Ospina sonreía mientras posaba y decía: “Soy el Wim Wenders colombiano”
Miguel Ángel Pérez Quintero
Isabel Coixet comenzó a hacer películas cuando le regalaron una cámara de 8mm por su primera comunión. Tras licenciarse en historia de los siglos XVIII y XIX por la Universidad de Barcelona, se dedicó a la publicidad y la redacción de anuncios. Ganó muchos premios por sus spots y finalmente fundó su propia productora en el año 2000, Miss Wasabi Films. En 1988, Coixet realizó su debut como guionista / directora con Demasiado viejo para morir joven, que le supuso una candidatura a los Goya al premio de Mejor Director Novel.
Dice Th. W. Adorno en Mínima moralia que «el verdadero regalar tiene su nota feliz en la imaginación de la felicidad del obsequiado», es decir, «significa elegir, emplear tiempo, salirse de las propias preferencias, pensar en el otro como sujeto», y concluye: regalar es «todo lo contrario del olvido». Quizá fue de modo involuntario, inevitablemente oblicuo (a la manera de Lezama Lima), pero lo cierto es que el filósofo alemán —que en realidad deseaba trazar en la secuencia 21 de ese libro una crítica del consumo—logró con su explicación ofrecer a la idea de regalo territorio para la acción en el mundo contemporáneo. Pues, si regalar es todo lo contrario del olvido, esa entidad voluble que es el presente precisa la aportación constante del regalo: la aportación constante del vencimiento del olvido.
Avi Mograbi es una genial anomalía en el mundo del documental contemporáneo. Decir de su obra que se sostiene a través del enmascaramiento, el humor o la autorreferencialidad es justo y es preciso, pero no suficiente.
La cultura de nuestro país, mucho menos diversa de lo que parece pese a los esfuerzos incluyentes y excluyentes de nacionalismos de todo pelaje —de un lado el insoportable aldeanismo hispánico de siempre, con sus hidalgos y sus barbaries, con sus envidias y sus violencias de cristianos viejos; del otro los rebuscadores de genes y genealogías, de gramáticas y provincianismos sin altura—, ha sido siempre territorio abonado para que las marchas más lúcidas tengan que hacer camino a contracorriente. Si realmente quisieran hallar espacios comunes, claros del bosque propicios para un diálogo, tanto los señoritos castellanos que desprecian, como cualquier campeador que se precie, a los que viven por sus manos, como los burgueses krausistas que creyeron llamar a las puertas de Europa porque tejieron uniformes —ejercieron de meros sastres castrenses— para ejércitos en fuga, quizá tendrían que buscarlos mucho más cerca de casa de lo que piensan. Castellanos y payeses, catalanes y navarros, vascos y gallegos, hasta canarios y andaluces podrían hacer causa común en el gusto por lo provinciano y lo paleto, en el amor por el tradicionalismo y la inmovilidad, en el placer que les procura la barbarie y la vulgaridad, y sobre todo, podrían reivindicar como pasatiempo general el desprecio, cuando no la ira, que sienten y ejercen hacia la cultura de verdad: aquella que plantea respuestas arriesgadas para las preguntas complejas, y que nunca rehúye el peligro de la dificultad ni el arrojo de la experimentación. Por eso ha sido tan dura la historia de nuestra heterodoxia. No se trató mejor a Miguel de Molinos que a Ramón Llull, no se comprendió más a Juan Ramón Jiménez que a Salvador Espriú, no se admira más a Francisco Pino que a Ramón Xirau. En el discurso político del país todos esos nombres no son más que una larga fila de ceros a la izquierda, lagunas de olvido y páramos fantasmales.

Una reseña de la guerra de Vietnam vista a través de la cámara del periodista australiano, Neil Davis. Sus imágenes sobre el conflicto fueron vistas por millones de personas cada noche. Vietnam fue una guerra televisada, una guerra perdida en los salones de la clase media estadounidense y no en el campo de batalla.
Una película que expresa la apasionada vitalidad de los cubanos y su deseo de abrazar la vida y “ vivirla” a pesar de los desafíos a los que se enfrenta la nación isleña.
Es posible que no conozcan el nombre de Philip Blenkinsop pero es probable que hayan visto sus fotografías en primera línea. Su trabajo ha aparecido en la portada de la revista Time y su arte documental ha sido expuesto en muchas galerías en todo el mundo. El terreno creativo de Philip es el sudeste asiático, donde divide su tiempo documentando actuales levantamientos civiles y guerras poco conocidas.
En 1978 el movimiento revolucionario Sandinista llega al gobierno después de 43 años de resistencia organizada y de la muerte de 50.000 Nicaragüenses.
Va a cumplir su cuarta década como cineasta, conquistando, prácticamente, todos los círculos de cine, por supuesto, fuera de Holywood. Pocos directores han disfrutado de la abundancia de cosecha de premios y títulos como él. Premios desde Cannes hasta Venecia, y consagrado como maestro del Cine Contemporáneo hasta la leyenda viva del Cine Iraní.